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Reciclando: 11 de Septiembre

Por Marielys Duluc Reyna

¿Dónde estaba yo? ¿Cómo olvidar ese día? Todo es confuso, los medios empiezan a cubrir las noticias y a lo largo del día las informaciones cambian, dando paso al desconcierto, la angustia y el caos. Las líneas se congestionan y las lágrimas empiezan a aflorar, el dolor es colectivo, la desesperanza reina, el 11 de septiembre se consagra como día de tragedia.

En casa todos nos reunimos frente al televisor, no podemos creer lo que pasa y aunque estamos lejos del lugar del hecho, asumimos la pena como nuestra. Dentro en nuestro ADN, los dominicanos llevamos un gen de amor por esa gran nación.

Me encuentro en mi etapa de adolescencia, de rebeldía contra las injusticias universales y esto movió mi sensibilidad, fue un golpe duro. Recuerdo cerré la puerta tras de mí y en el silencio de mi habitación, baje mis rodillas al piso y a pesar medio del llanto y ese nudo en mi garganta, oré.

En la historia, el 11 de septiembre quedo registrado como “El día en que una serie de atentados terroristas suicidas fueron cometidos en los Estados Unidos, por miembros de la red Al Qaeda, mediante el secuestro de aviones de líneas para ser impactados contra varios objetivos y que causaron la muerte a cerca de 3000 personas y heridas a otras 6000; así como la destrucción del entorno del World Trade Center en Nueva York y graves daños en el Pentágono en el Estado de Virginia”.

En la mente de muchos el 11 de septiembre marco el inicio de una guerra mediática, una era de terror y un enfrentamiento entre culturas, intereses y religiones. Pero en los corazones de otros tantos, ese día descubrimos que “We need to pray, we need to pray!” (necesitamos orar).

Once años después, las cicatrices siguen a flor de piel. Enterramos nuestras heridas tras luchas contra el terrorismo, celebraciones y flores. Estados Unidos levanta la cabeza y grita “Aquí estamos, seguimos en pie”. Diez años después, miles de familias buscan consuelo en fotografías, la oración y sobre todo, aprenden a vivir con el dolor; huésped que llego a quedarse.

Nada tienen de positivo las muertes y las tragedias, pero nuestra forma de reaccionar después que ocurren, determinan aprendizajes de vida. Los estadounidenses demostraron su fuerza de espíritu, se reconciliaron con ese Dios que habían perdido entre los subway y las fiestas del 4 de julio; entre las ofertas de Macys y las farándulas de artistas. Unieron sus voces y oraron juntos para conseguir la paz. Nueva York, disminuyo su marcha y saco tiempo para agradecer por la vida.

Tras ese día, Superman, Batman y el hombre Araña, tuvieron competencia. Nuevos héroes nacieron, muchos bajo el título de bomberos, paramédicos y socorristas.

Hizo falta una tragedia así, para que surgieran ramificaciones globales, redes mundiales de apoyos y que gobiernos, asociaciones y medios de comunicación condenaron en todo el mundo el uso de la violencia. Solo una tragedia así, logro sacarnos de nuestra concentrada rutina y darnos cuenta que nos falta crecer en valores, amarnos los unos a los otro y construir la paz cada día.

Viaje un 11 de septiembre desde la República Dominicana a Nueva York, me encontré en un avión casi vacío, algunos volaban por obligación, otros porque los boletos eran más económicos y unos pocos porque no recordábamos la fecha. En plena altura, descubrí la magnitud de ese atentado y el poder del miedo; pero al aterrizar y recorrer New York descubrí una ciudad despierta, una ciudad que como el Fénix sale de sus cenizas y abre las alas, una y otra vez, tantas veces sea necesario. Descubrí una ciudad llena de gente, que perdona, supera tragedias y continúa la vida.

El 11 de septiembre cambio el curso de la historia, marco al mundo, y creo a la vez una nueva generación de seres humanos, preocupados por la paz, la unión y un mayor respeto por la vida. Las cenizas se las llevo el viento, los escombros recogidos, los muertos enterrados… ¡pero aún duele!


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