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Opinión: “Que bonito” 

Sin que mediara el aviso oportuno, minutos posteriores a dar por terminado nuestro almuerzo, efectivos militares penetraron en nuestra residencia, alborotando y quebrantando nuestro horario de reposo.  ¡Que manera tan descortés, casi primitiva, de llegar para “visitar”  una familia! Aquel encuentro, acontecido el 24 de abril del 1968, concluyó con la detención  de mi hermano Virgilio Eugenio, quien días anteriores había regresado al país, – proveniente de la hermana República de Cuba-,  finalizado su entrenamiento militar y que fuera enviado junto a otros dirigentes de la Agrupación Política 14 de Junio (1J4). Conducido al Palacio de la Policía Nacional para los interrogatorios pertinentes, luego de varios días le transfirieron a la Penitenciaría Nacional de “La Victoria”.

A consecuencia del traslado que fuera objeto Virgilio al referido presidio, y que las visitas en el mismo estaban permitidas los días jueves, cada semana nos organizábamos para ir a visitarlo, además de saludar a los dirigentes políticos conocidos, también encarcelados, implicados en acciones patrióticas opositoras y que el régimen balaguerista las calificaba como actividades terroristas y conspirativas. En cambio, a los conjurados del Movimiento Clandestino 14 de junio –complot que se descubriera a partir de enero del 1960-, estos encuentros con familiares y relacionados se realizaban los domingos pero en vista de la multitud que asistía a la cárcel, las autoridades competentes consideraron oportuno el jueves. Con esta medida se reducía la cantidad de personas que se desplazaban hasta el presidio.

 
Historia A)  Luego de abandonar el medio que nos sirvió de transporte,  caminábamos hacia el  penal y con nuestros mejores ánimos nos disponíamos a formar parte de aquella cadena humana de familiares, amigos, novios y uno que otro “colega”  que aguardaba para su entrada.  Tras filas interminables, donde reinaba el calor agobiante coronado por los rayos de un inclemente sol tropical, aguardábamos el turno para nuestros registros.  Dentro del recinto, en una oficina  destinada para tales fines y como requisito obligatorio, debíamos  entregar nuestro documento personal de identidad –hoy Cédula de Identidad y Electoral- con la finalidad de registrarnos y elaborar las “listas de visitas”. Terminado el tiempo pautado para reunirnos con nuestros familiares, nueva vez debíamos re-chequearnos y con este segundo control poder abandonar la prisión.  

Precedente al acceso a la zona permitida para las visitas, era obligatorio pasar por el área destinada a las “revisiones corporales“, donde teníamos que someternos a la muy denigrante y odiosa práctica del “cacheo” y “tocadera” de nuestros cuerpos, -responsabilidad a manos de militares femeninas- sin obviar hasta las partes más íntimas.

Una vez dentro de la asfixiante dependencia, a la espera de nuestra “revisión“,  entró aquella señora, -tan inmensa como diosa del Olimpo y frágil cual muñeca de porcelana-, renuente a someterse al “cacheo” y evitando que pudieran tocarla, sin titubear, rápidamente dobló su pecho hacia adelante y con los brazos cruzados sobre las rodillas, bruscamente sujetó los ruedos de su vestido, extendiéndolos hacia el infinito. A continuación de aquel gesto, su cuerpo aparecía ¡tal y como su madre la trajo al mundo!

 Entreabiertas sus piernas, falda en manos, sus movimientos dibujaban un círculo con su grácil figura.   A la par de estas acciones, indómita y resuelta murmuraba: “NADIE toca el cuerpo a la Madre de mi Hijo”, porque consideraba “que mancillaban su dignidad” si admitía la “tocaran o “cachearan”. Su conducta rebelde me hizo recordar a la Dra. Carmen Josefina Lora Iglesias –Piky Lora- dirigente de la Agrupación Política 14 de Junio (1J4) y guerrillera en “las escarpadas montañas de Quisqueya”, de anatomía también ligera – que nos dejara años atrás, habitando donde no son necesarias las guerras entre los hombres- a quien los buenos dominicanos debemos reconocer el valor de su lucha por la democracia y la libertad de la Nación Dominicana. Para Piky Lora, ¡nuestra gratitud por siempre!

Quienes estuvimos en esa pequeña habitación y fuimos testigos mudos de aquellas estampas, recordamos como el aire se suspendía, el silencio adquiría dimensiones abrumadoras; nuestras miradas buscaban los suelos en señal de respeto ante aquella mujer, no de gran estatura, cuyos brazos jamás imaginé pudieran resultar tan infinitamente extensos.  Nos eternizamos hablando sobre el amor maternal, su fidelidad bajo toda circunstancia, el sacrificio que ellas hacen por los hijos, etc., etc., pero muy pocos hemos reparado cuán elásticos pueden ser los brazos de nuestras progenitoras cuando los dirigen en defensa de sus  hijos. De esta madre sí recuerdo donde empezaban, aunque jamás el término de su inmensidad. Jamás supe quien era, no obstante he conservado su recuerdo en mi corazón.

 Rememorando estas vivencias, evocándola, siento la imperiosa necesidad de despejar mi inquietud y conocer su nombre. Indagando entre antiguos compañeros del 1J4, me conducen a uno de sus hijos, quien no estaba encarcelado cuando se desarrollaban estos episodios. Su primitivo accionar –quizás incomprensible para muchos- respondía a su desmedida vocación de servicio y solidaridad con los demás. En idéntico orden, aquellos jóvenes encarcelados también eran sus hijos.

Conversando con su hijo biológico, Lipe Collado, y saciando mi curiosidad, descubrí matices insospechados de Doña María Estrella Férnandez, la mujer que por décadas ha revoloteado en mis recuerdos más impactantes. Enfermera de profesión, mejor conocida como “Morena”, residió por años en el populoso sector de “San Carlos”. Militante activa y destacada del 14 de Junio, el pasado noviembre del 2011, levantó sereno vuelo en los albores de su 95 cumpleaños. Para “Morena”, por su coraje y valentía adoptados en cualesquiera circunstancias de su vida, cirios de paz que alumbren su morada eterna.

 Historia BAl fin pude llegar hasta mi hermano, a quien encontré corporalmente no en su mejor momento.  Su rostro dibujaba las huellas y los efectos propios de la huelga de hambre que junto a sus compañeros  habían organizado, a fin de lograr que se aceleraran los trámites judiciales y las correspondientes audiencias. ¡Ayudarlo a salir de aquel infierno era urgente y prioritario!  Desde el calabozo muy pocas tareas políticas podían ejecutarse.

  Recuerdo que sentado en su camastro y yo frente a él, -recurrí a la litera de su “vecino” más próximo para utilizarla como asiento-, más que conversar y muy pausadamente, como robot humano, articulaba palabras. Bajo esta dinámica podía  evitar la pérdida de energías y rápido desgaste físico.  Con sus ojos fijos en los míos, bajó sus mirada y extrajo de no sé de dónde un diminuto papel, meticulosamente doblado.  Utilizando los dedos índice y mayor de su mano derecha, me pasó aquel inolvidable papelito que de inmediato y acercándome  casi rozando su rodilla izquierda, aprisionándolo fuertemente, lo coloqué entre la ropa interior de mi muslo derecho. ¿Quién procuraría el documento? En igual contexto,  las instrucciones de Virgilio fueron muy precisas: ”El compañero equis, -tras corto diálogo identificativo-, requerirá el documento”.  

Al término de la visita, nos dirigíamos a la antes referida oficina policial, donde el control de salida era también obligatorio, además de que allí nos devolvían nuestras cédulas. Mientras me acercaba a los uniformados,  rozándome la piel, sentí cómo  el despreocupado documento, -minutos antes entregado por Virgilio Eugenio- se deslizaba indiferente a lo largo de mi pierna. ¡Dios, creí que me moriría! No me atreví hacer ningún movimiento que pudiera llamar la atención de los soldados. Al parecer, la presión de aquella “pantaleta” no era suficiente para sujetar tan preciado pliego.  

 Incapaz de reaccionar –¡empecé a sentirme helada!- , recuerdo la febril presión de las manos de mi madre, la fiereza de sus brazos al empujarme, obligándome a avanzar y dar un paso al frente, espacio libre que alargando su pierna derecha, cubrió con su pisada, ocultando aquel importante trocito de papel. Vivaz, cual leona en acecho, repentinamente estornudó; acto seguido, el pañuelo se “escapa” de sus manos el que con gran destreza y estudiada lentitud recoge y trae consigo el manuscrito.

 Los años transcurridos no provocan el olvido de aquellos minutos que pudieron significar la pérdida de mi libertad por la complicidad con mi hermano respecto a sus responsabilidades políticas clandestinas. Siento escalofríos ante las posibilidades de mi detención, tras la elaboración de un falso expediente y la acusación de “izquierdista, cómplice terrorista o enemiga del gobierno”, normativa recurrente utilizada en el transcurso del funesto período de los Doce Años gobernados por Joaquín Balaguer (1966-1978), además del “tratamiento” que hubiera recibido bajo aquellas circunstancias. A saber, por experiencias narradas de quienes estuvieron detenidos, antes de ser confinados en “La Victoria”: interrogatorios unidos al festival de golpizas, días de reclusión en solitarias, el “jueguito” de apagar antojadizamente los cigarrillos en el cuerpo de uno que otro preso político, descargas eléctricas con la picana y quien sabe que otras posibles torturas. Considerando estas posibilidades, el grave inconveniente de no estar integrada al proyecto político que se desarrollaba.

 Para regresar a Santo Domingo, al igual que en alguna otra ocasión, subí a la guagua que nos facilitara la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). En este viaje, inolvidable por demás, mientras me encaminaba a sentarme, Magaly, la esposa de Bienvenido Leal Prandy -La Chuta-, que a cierta distancia había observado el proceder de mi mamá, fijamente me clavó su mirada y con un mohín de labios entendí su mensaje solidario. Sentada junto a Quisqueya, mi madre, mis palabras se esfumaban, no se me ocurría qué cosas comentarle.  Transcurridos algunos minutos, ya mas relajada, intenté dialogar con ella. Extendió sus brazos. Cubrió mis manos con las suyas dándome pequeñas palmaditas y con aquel leve guiño me indicó callar.   

 Al igual que estas escenas, ¡muchas nos hacen falta por contar!  Tanto en oriente como en occidente, las madres actúan siempre por igual.  Ante la evidencia de sus acciones, continúo preguntándome, ¿cuál es la longitud exacta de los brazos y las piernas de nuestras mamás?  ¡Y que bonito siempre su accionar! No es preciso marcar una fecha especial en nuestros calendarios para festejarlas, merecen que cada día las debemos homenajear. ¡Loor y vítores para las madres del mundo!

 -Por: Giannella Perdomo Pérez/ giannellaperdomo@hotmail.com  

 


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