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Hasta luego, Guacanagarix

Por José Fernández Pequeño

Aquella tarde, mientras me investían como ciudadano dominicano, pensé en Guacanagarix.

Confieso que cada vez me siento menos cómodo con los héroes, los mártires, los padres de la patria y el resto de las especies que pueblan el panteón de los símbolos nacionales. Y me refiero a todos los panteones nacionales, no importa en qué país hayan sido construidos.  El problema no es tanto con las personas que fueron esos héroes o con sus encomiásticas acciones, como con la imagen sublimada y lista para la adoración que los políticos y sus testaferros, los intelectuales, suelen construir  de ellos para jugar con nuestra emocionalidad.
Pero, ¿por qué recordar en ese momento a alguien tocado por fama tan nefasta como la de Guacanagarix? Quizás sea por la frecuencia con que mis ahora coterráneos dominicanos recuerdan al cacique de Marién, uno de los cinco que en esta isla gobernaban cuando Colón se hizo presente, allá por 1492, y el único que lo ayudó en los primeros momentos de su empresa conquistadora. De ese hecho, la sociedad dominicana contemporánea ha derivado el “complejo  de Guacanagarix” para etiquetar a aquel de los suyos que da preeminencia a lo extranjero antes que a lo propio. Si desea ponderar la vitalidad del tal complejo, solo escríbalo en Google y prepárese a leer lindezas.
Durante los catorce años en que ejercí la extranjería en la República Dominicana nadie me distinguió por venir de afuera. Si bien muchas manos desinteresadas se tendieron (y se tienden) para ayudar a hacerme un espacio, también sufrí la exclusión, el rechazo y la ojeriza que en todas partes suscitan los extranjeros, observados por los nativos (de todas partes, ya dije) como intrusos que quieren arrebatarles lo que (creen ellos) es suyo por herencia, sin necesidad de esfuerzo.
¿No existe entonces el complejo de Guacanagarix? Existe, pero no porque los dominicanos adoren a los extranjeros, sino porque muchos de ellos (y, para peor, muchos de los más instruidos) tienden a desconfiar de la solidez de su cultura y a denigrar las costumbres de sus conciudadanos. No es un asunto nuevo, desde que la República Dominicana se consolidó como nación, gran parte de su intelectualidad se formó lejos de la extraordinaria cultura popular que dignifica al país, considerando que las clases pobres y menos letradas eran las responsables del atraso nacional, mientras ellos suspiraban por Europa o los Estados Unidos.
Solo se necesita leer con atención los textos emblemáticos del ultranacionalismo dominicano, que con tanto fervor ha azuzado (ayer y hoy) el antihaitianismo, y se verá que en el fondo el temor al vecino de piel un poco más oscura y los gritos de alarma por la supuesta haitianización que asecha al país se asientan sobre una enorme falta de fe en la cultura dominicana, a la que consideran tan débil, que no podrá resistir la “arremetida” de la profunda cultura tradicional que portan los emigrantes del vecino y sufrido país. Por supuesto, al dominicano de a pie todo esto le importa poco. Él está seguro de quién es e intuye por una experiencia histórica de siglos que nunca ha sido tan dominicano como cuando asimiló con creatividad la influencia del otro, venga de donde venga.
Todas las sociedades revisan sus culturas, ejecutan un continuo acto de reflexión sobre su fisonomía, vigilan las formas en que cambian y, sobre todo, buscan con preocupación cuáles son sus rasgos más positivos o negativos de cara al futuro. Incluso, es frecuente encontrar nacionalidades que han hecho de la burla hacia sí mismas un mecanismo de protección y adaptación a las cambiantes y no siempre agradables circunstancias que les toca vivir.

Lo que se oculta tras eso que llaman “complejo de Guacanagarix” es otra cosa. Es negarle relevancia a la cultura que los dominicanos comunes y corrientes construyen de manera colectiva con el vivir de los días. Es la desconfianza en el valor del acervo múltiple que el pueblo dominicano crea, a menos que sea reconocido por los Nobel, los Grammy, los Guiness, o cualquier otra convención por el estilo certificada “afuera”. Es, en fin, una perspectiva elitista que asume la negación de los suyos como una fatalidad histórica y de paso sirve para desvalorar cualquier logro que el extranjero pudiera conseguir, dado que este nunca se debe a su talento o su tesón, sino a la consideración excesiva que recibe de los hijos de Duarte.

Guacanagarix no tiene la menor culpa de esto. Tomó una pésima decisión histórica, creyó quizás que le era posible acrecentar su principalía a costa del poder extraño, y ya tuvo bastante con el engaño de Colón y su propia vergüenza. No merece que además lo utilicen para construir una supuesta maldición nacional que justifique lo que, aquí y ahora, no pasa de ser pura mezquindad.

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