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Accidente y conspiración en la carretera

Por Jorge Gómez Barata

Como la mayoría de las personas de mi edad estoy familiarizado con la idea de la muerte y habituado a los desenlaces por enfermedad o vejez; sin embargo me perturban cuando ocurren por accidentes porque al dolor de los familiares se une la perplejidad. Una tragedia así frustra proyectos y metas como le ha ocurrido a Oswaldo Payá que, equivocado o no, le había dado un sentido a su vida con el que acabó un accidente automovilístico.

En el momento de su concepción conocí el proyecto Félix Varela presentado por Oswaldo Payá que por razones de mi militancia no me pareció acertado ni viable aunque reconocí originalidad y una manera diferente de presentar sus argumentos que sometió a consulta de quienes quisieran endosarlo y al veredicto de la autoridad competente.

Aunque no lo deseara el líder de un movimiento de orientación socialcristiano, no podía evitar ser absorbido por un proyecto contrarrevolucionario global que lo trascendía. Supe del premio Andréi Sájarov concedido por el Parlamento Europeo y dotado con 50 000 euros y de las sucesivas nominaciones para el Nobel de la Paz. Lo que nunca imaginé es que fuera financiado por organizaciones políticas extranjeras.

Respeté a Payá más que a otros adversarios ideológicos por su presunta independencia y por su condición de católico, que excepciones aparte, cubre ciertos proyectos con un manto de respetabilidad. Tal vez por eso me repugnó la declaración de Aron Modig del Partido Demócrata Cristiano Sueco quien además de maniobrar al decir que ignoraba que su actuación en Cuba era ilegal, cuando no sólo violó los términos de la visa que le fue concedida, sino que al mezclar política con dinero foráneo e involucrar en ello a Paya, desacreditó a la figura que había querido apoyar.

Los operadores políticos de la ultraderecha europea a cargo de la actividad anticubana deben estar anonadados por la casualidad que hizo visible una operación subversiva encubierta, que además de “asesoría política” incluía financiamiento y que condujo no sólo a la muerte de aquel a quien se intentaba respaldar, sino que post mortem contribuyó a desacreditarlo.

Aron Modig, ciudadano sueco, donde las leyes prohíben el financiamiento externo e incluso el aporte de dinero privado a los partidos, campañas, líderes y proyectos políticos, no podía ignorar que el dinero extranjero es a la política como el acido al metal: oxida, corroe y debilita.

Me sumo a quienes lamentan la muerte de Oswaldo Payá y a los que rechazan la mala práctica de financiar la contrarrevolución desde el exterior, acción ilegal e inmoral cuando lo hace la CIA pero también cuando la realiza la democracia cristiana europea o cualquier otra fuerza política. En la fallida operación hubo un accidente que es de lamentar pero también una conspiración que es preciso denunciar y que, más allá de los individuos involucrados, alude a los centros de la subversión europea.

Estuve presente en la ocasión en que a un exlíder del primer partido político de inspiración cristiana que existió en Cuba se le entregó un premio periodístico y no olvido sus palabras: “Agradezco el pergamino y declino el cheque”. El dinero era poco pero el gesto fue enorme. Allá nos vemos.


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